
—Debemos investigar un poco más al navegante estelar —le dijo a Bart Aoudad. Aoudad asintió.
—Me encargaré de controlar los sensores, señor.
—Y la chica —le dijo Chalk a Tom Nikolaides—. Esa chica tan espantosamente aburrida… Intentaremos llevar a cabo un experimento. Sinergia. Catálisis. Reunirles. ¿Quién sabe? Puede que logremos generar un poco de dolor. Algún sentimiento humano. Nick, podemos aprender lecciones del dolor. Nos enseña que estamos vivos.
—Este Melangio… —dijo Aoudad—. No parece sentir su dolor. Lo registra y lo graba en su cerebro. Pero no lo siente.
—Exacto —replicó Chalk—. Justo lo que decía. No puede sentir nada, sólo registrar y repetir. El dolor está allí y hay suficiente. Pero no puede llegar hasta él.
—¿Y si nos encargáramos de liberarlo nosotros en su lugar? —sugirió Aoudad. Sonrió, no muy agradablemente.
—Demasiado tarde. Si ahora fuese realmente capaz de llegar a su dolor, se quemaría en un instante. No, Bart, déjale con sus calendarios. No debemos destruirle. Seguirá haciendo sus trucos, y todo el mundo le aplaudirá, y luego le volveremos a dejar en el charco de donde le sacamos. Pero el navegante estelar… eso es algo totalmente distinto.
—Y la chica —le recordó Nikolaides.
—Sí. El navegante estelar y la chica. Debería ser interesante. Deberíamos aprender muchas cosas.
2 — Así en la tierra como en el cielo
Mucho tiempo después, cuando la sangre fresca manchara sus manos y su corazón latiera con la potencia de la vida renovada, todo empezaría a parecerle un simple sueño feo y desagradable. Pero tendría que cruzar el reluciente puente de Heimdall para llegar hasta ahí. Ahora mismo seguía viviendo en el dolor, y sus sensaciones eran las mismas que mientras estaba sucediendo. Una multitud de terrores sumergían a Minner Burris.
