
—David, acuérdate de estos números: 96748759.
—Sí.
—Y de éstos: 32807887.
—Sí.
—Y también: 333141187698. Melangio aguardó.
—Ahora, David —dijo Chalk.
Los números fluyeron en una rápida corriente.
—9674875932807887333141187698.
—David, ¿cuánto es siete veces doce? Una pausa.
—¿Sesenta y cuatro?
—No. Resta nueve de dieciséis.
—¿Diez?
—Si eres capaz de memorizar el calendario entero del derecho y del revés, ¿por qué no puedes hacer una operación aritmética?
Melangio le miró, sonriendo plácidamente. No dijo nada.
—David, ¿no te preguntas nunca por qué eres como eres?
—¿Cómo soy? —preguntó David.
Chalk estaba satisfecho. Los únicos placeres que se podían extraer de David Melangio eran de bajo nivel. Chalk ya había obtenido su leve descarga de placer de esta mañana, y el público sin rostro encontraría un breve destello de diversión en las extrañas habilidades que Melangio poseía, el soltar ristras de fechas, números e informes meteorológicos. Pero nadie sacaría un auténtico sustento de David Melangio.
—Gracias, David —dijo Chalk, despidiéndole sin apenas mirarle.
D’Amore parecía algo irritado. Su prodigio no había conseguido impresionar al gran hombre, y el que la prosperidad de D’Amore continuara dependía de que consiguiera dar con frecuencia en ese blanco. Quienes no lo conseguían no solían durar mucho al servicio de Chalk. El soporte de la pared se retrajo, llevándose con él a Melangio y D’Amore.
Chalk contempló los relucientes anillos aprisionados en los rebordes de grasa de sus cortos y gruesos dedos. Después volvió a recostarse en su asiento y cerró los ojos. A su mente acudió la imagen de un cuerpo hecho de núcleos internos concéntricos, como una cebolla, sólo que con cada una de las capas aislada de sus vecinas por una lámina de mercurio. Los estratos separados de Duncan Chalk se movían y deslizaban uno sobre otro, bien lubricados, desplazándose lentamente a medida que el mercurio cedía bajo las presiones y fluía a chorros por canales oscuros…
