—¿Dónde estabas tú ese día? —preguntó Chalk.

—En casa, con mi hermano y mi hermana y mi madre y mi padre.

—¿Fuiste feliz ese día?

—¿Eh?

—¿Te hizo daño alguien ese día? —dijo Chalk. Melangio asintió.

—Mi hermano me dio una patada aquí, en la espinilla. Mi hermana me tiró del pelo. Mi madre me hizo comer quimezcla para el desayuno. Después salí a jugar. Un chico le tiró una piedra a mi perro. Después…

La voz estaba libre de toda emoción. Melangio repetía las agonías de su niñez de forma tan desapasionada como si estuviese dando la fecha del tercer martes de septiembre del año 1794. Sin embargo, bajo la superficie cristalina de esa infancia prolongada se ocultaba un dolor real. Chalk lo sentía. Dejó que Melangio siguiera hablando, impulsándole y guiándole de vez en cuando con alguna otra pregunta.

Los párpados de Chalk se fueron cerrando hasta juntarse. De esa forma resultaba más fácil lanzar los receptores, extenderse y captar el substrato de pena que había existido bajo el cerebro con el que David Melangio hacía sus trucos de feria. Dolores viejos y minúsculos flotaron igual que pequeñas corrientes por la habitación: un pez muerto, un padre que gritaba, una chica desnuda de opulentos pechos con pezones rosados dándose la vuelta y pronunciando palabras que mataban. Todo estaba allí, todo era accesible: el alma herida y sangrante de David Melangio, de cuarenta años de edad, una isla humana separada por sólidas murallas del mar tormentoso que la rodeaba.

Por fin, el recitado acabó deteniéndose. Chalk ya había tenido el alimento suficiente; se había cansado de apretar los botones de Melangio. Decidió terminar volviendo a los extraños poderes de recordar que poseía el idiota sabio.



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