Chalk jugueteó con el módulo del ordenador situado junto a su mano izquierda y dijo:

—Buenos días, David. ¿Cómo te encuentras hoy?

—La noche pasada nevó. Me gusta la nieve.

—La nieve pronto habrá desaparecido. Las máquinas la están derritiendo.

—Me gustaría poder jugar en la nieve. —Con voz melancólica.

—Te helarías de frío —dijo Chalk—. David, ¿qué día de la semana fue el 15 de febrero del año 2002?

—Viernes.

—¿Y el 20 de abril del año 1968?

—Sábado.

—¿Cómo lo sabes?

—Tiene que ser así —se limitó a decir Melangio.

—¿El decimotercer Presidente de los Estados Unidos?

—Fillmore.

—¿Qué hace el Presidente?

—Vive en la Casa Blanca.

—Sí, ya lo sé —dijo Chalk afablemente—. Pero, ¿cuáles son sus deberes?

—Vivir en la Casa Blanca. De vez en cuando, le dejan salir.

—¿Qué día de la semana fue el 20 de noviembre de 1891?

—Viernes. —Al instante.

—En el año 1811, ¿en qué meses cayó en lunes el quinto día?

—Sólo en agosto.

—¿Cuándo volverá a ser sábado el 29 de febrero? Melangio lanzó una risita.

—Eso es demasiado fácil. Sólo tenemos un 29 de febrero cada cuatro años, así que…

—De acuerdo. Explícame qué es un año bisiesto —dijo Chalk.

Inexpresividad.

—¿No sabes por qué existe, David?

—Señor, puede darle cualquier fecha en un período de nueve mil años empezando por el año 1 —dijo D’Amore—. Pero es incapaz de explicar nada. Pruebe con los informes meteorológicos.

Los delgados labios de Chalk se fruncieron en una mueca.

—Háblame del 14 de agosto del año 2031, David. La voz, débil y aflautada, respondió inmediatamente:

—Temperaturas frescas por la mañana, subiendo hasta los veintiocho grados a las dos de la tarde cuando actuaron los anillos de sobrecarga. A las siete de la tarde la temperatura había bajado hasta los dieciocho grados, donde permaneció hasta pasada la medianoche. Después empezó a llover.



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