—No creo que el idiota sabio sirva de mucho —dijo, volviéndose hacia Aoudad—. ¿Todavía sigues vigilando a Burris, el navegante estelar?

—Diariamente, señor. —Aoudad era un hombre flaco y austero, con unos muertos ojos grises y un aspecto que invitaba a confiar en él. Tenía las orejas casi puntiagudas—. Mantengo vigilado a Burris.

—¿Y tú, Nick? ¿La chica?

—Es aburrida —dijo Nikolaides—. Pero la vigilo.

—Burris y la chica… —dijo Chalk con voz pensativa—. La suma de dos agravios. Necesitamos un nuevo proyecto. Quizá… quizá…

D’Amore reapareció en una pequeña terraza que asomaba de la pared opuesta. El idiota sabio se encontraba junto a él, con una tranquila expresión de placidez en su rostro. Chalk se inclinó hacia delante, y su vientre se dobló, un pliegue sobre otro. Fingió interés.

—Éste es David Melangio —dijo D’Amore. Melangio tenía cuarenta años, pero su amplia frente carecía de arrugas y sus ojos eran tan confiados como los de un niño. Producía una impresión de palidez y humedad, como algo surgido de la tierra. D’Amore le había vestido elegantemente, con una túnica reluciente en la que había hebras de color hierro, pero el efecto resultaba grotesco en él; la gracia y la dignidad de aquel atuendo tan caro se perdían por completo, y sólo servían para subrayar todavía más la vacua inocencia de Melangio, más propia de un niño.

La inocencia no era algo por lo que el público fuera a pagar un gran precio. Ése era el negocio de Chalk: proporcionarle al público lo que exigía. Sin embargo, la inocencia unida a otra cosa quizá pudiese satisfacer las necesidades actuales.



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