D’Amore se deslizó por una abertura en forma de iris que había en la pared trasera. Chalk se reclinó en su asiento y cruzó los brazos sobre la lisa extensión de su pecho y su vientre. Sus ojos atravesaron el amplio golfo de la sala. La estancia era grande y de techo muy alto, un gran espacio abierto a través del cual flotaban los gusanos luminosos. Chalk sentía una vieja ternura hacia los organismos luminosos. Hágase la luz, la luz, la luz; si hubiera tenido tiempo para ello, quizá él mismo se habría encargado de la iluminación.

Muy por debajo de él, en el suelo de la habitación, allí donde había estado Chalk al empezar su ascensión de cada día, unas siluetas se movían diligentemente de un lado para otro, llevando a cabo la obra de Chalk. Más allá de las paredes de la estancia se encontraban otras oficinas que convertían en una colmena el edificio de forma octagonal del que esta sala era el núcleo. Chalk había construido una organización soberbia. Había logrado excavar un cómodo bolsillo de intimidad dentro de un cosmos grande e indiferente, pues el mundo seguía obteniendo su placer del dolor. Si las deliciosamente mórbidas excitaciones de contemplar los detalles de los crímenes de masas, la bajas de la guerra, los accidentes aéreos y cosas parecidas eran básicamente algo perteneciente al pasado, Chalk era perfectamente capaz de conseguir sustitutos más fuertes, más extremados y más directos. Incluso ahora trabajaba muy duro para darle placer a muchas personas, dolor a unas pocas, placer y dolor combinados para sí mismo.

El accidente genético le había diseñado de forma única para su tarea: un devorador de emociones que respondía al dolor y se alimentaba del dolor, que dependía de un suministro de angustia en estado puro, del mismo modo que otros dependían de un suministro de pan y carne. Era el representante definitivo de los gustos de su público, y por ello era perfectamente capaz de abastecer las necesidades internas de ese vasto público. Pero, aunque su capacidad había disminuido con los años, seguía sin estar saciado. Ahora se abría paso delicadamente a través de los banquetes emocionales que ponía en escena, tomando aquí un pedazo bien fresco y allá un sangriento pastel de los sentidos, ahorrando su propio apetito para las más grotescas permutaciones de la crueldad, buscando siempre las sensaciones nuevas y terriblemente viejas.



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