
El peldaño número dieciséis se alzaba ante él. Chalk lo subió. El sudor brotó hirviendo de sus poros. Se quedó inmóvil durante un segundo, suspendido, desplazando laboriosamente su peso de los dedos del pie izquierdo al talón del pie derecho. No había recompensa alguna en ser un pie de Duncan Chalk, y, desde luego, no había ningún placer en ello. Por un instante, se ejercieron tensiones casi incalculables a través del tobillo derecho de Chalk. Después, siguió avanzando, bajando la mano en un gesto salvaje al subir el último peldaño, como si cortara algo, y su trono se abrió alegremente para acogerle.
Chalk se hundió en el asiento que le esperaba y sintió cómo éste cuidaba de él. Las manos accionadas por micropilas se agitaron en las profundidades del material, apretándole y dando masaje, calmándole. Cuerdas fantasmales de alambre esponjoso se deslizaron por entre sus ropas para secar la transpiración de los valles y montículos de su carne. Agujas ocultas se abrieron paso por el epitelio, lanzando chorros de fluidos benéficos. El trueno de su corazón sometido a un ejercicio excesivo se fue calmando hasta convertirse en un rítmico murmullo. Los músculos que se habían abultado y llenado de nudos por el esfuerzo se relajaron. Chalk sonrió. El día acababa de empezar; todo iba bien.
—Señor, me asombra lo fácilmente que ha subido —dijo Leontes D’Amore.
—¿Piensas que estoy demasiado gordo para moverme?
—Señor, yo…
—La fascinación de lo difícil —dijo Chalk—. Es lo que hace girar el mundo sobre su eje.
—Traeré al idiota —dijo D’Amore.
—El idiota sabio —le corrigió Chalk—. No me interesan los idiotas.
—Por supuesto. El idiota sabio. Por supuesto.
