Normalmente, no era un hombre vulnerable al terror. Pero esto había sido demasiado: las grandes siluetas grasientas moviéndose alrededor de su nave, las esposas doradas, el estuche de instrumentos quirúrgicos abierto y preparado.

—había dicho el monstruo cubierto de marcas que se encontraba a su izquierda.

—había replicado la criatura del otro lado, con lo que parecía ser un respeto untuoso.

Después, habían empezado la tarea de destruir a Minner Burris.

Entonces era entonces y ahora era ahora, pero Burris llevaba consigo una carga de dolor y de extrañeza que le recordaba eternamente, ya estuviera dormido o despierto, lo que se le había hecho más allá de la capa de oscuridad, más allá del hielo inmóvil de Plutón.

Había vuelto a la Tierra hacía tres semanas. Ahora vivía en un apartamento individual de las Torres Martlet, mantenido por una pensión del gobierno y sostenido, no sabía muy bien cómo, gracias a su propia resistencia interior. Ser transformado en monstruo por unos monstruos no era un destino fácil de aceptar, pero Burris estaba haciendo cuanto podía.

Si al menos no hubiera tanto dolor…

Los doctores que le habían examinado confiaron al principio en que podrían hacer algo respecto al dolor. No se necesitaba sino aplicar la moderna tecnología médica.

—…disminuir la entrada sensorial…

—…dosis mínima de drogas para bloquear los canales aferentes, y después…

—…cirugía menor correctiva…

Pero los canales de comunicación que había dentro del cuerpo de Burris se encontraban trastornados más allá de toda esperanza de arreglo. Fuera lo que fuese lo que le habían hecho los cirujanos alienígenas, lo cierto es que le habían transformado en algo que se encontraba más allá de la comprensión de la moderna tecnología médica y, desde luego, más allá de su capacidad.



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