Las drogas normales para eliminar el dolor no hacían más que intensificar las sensaciones de Burris. Sus pautas de flujo neural eran extrañas; las sensaciones se veían alteradas, rechazadas, desviadas. No podían reparar el daño causado por los alienígenas. Y, finalmente, Burris se alejó de ellos, palpitante, mutilado, dolido, para esconderse en una habitación oscura de este decrépito coloso residencial.

Setenta años antes, las Torres Martlet habían sido la última palabra en alojamientos: delgados edificios de un kilómetro y medio de alto dispuestos en apretadas hileras a lo largo de lo que antes habían sido las verdes laderas de los Adirondacks, a una distancia de Nueva York que permitía ir y volver con facilidad. Setenta años es un tiempo muy largo en la existencia de los edificios contemporáneos. Ahora las Torres estaban corroídas, marcadas por el tiempo, atravesadas por las flechas de la decadencia. Las resplandecientes suites de antaño habían sido subdivididas en alojamientos de una sola habitación. Un sitio ideal para esconderse, pensó Burris. Aquí uno podía quedarse inmóvil en su celda igual que un pólipo dentro de su caverna de piedra. Se podía descansar; se podía pensar; se trabajaba en la agotadora tarea de llegar a una aceptación de lo que se le había hecho a tu cuerpo indefenso.

Burris oyó ruidos en los pasillos. No los investigó. ¿Buccinos y quisquillas misteriosamente mutados para adaptarse a la vida terrestre, infiltrándose en los espacios del edificio donde les era posible arrastrarse? ¿Ciempiés buscando el dulce calor de las hojas pudriéndose? ¿Juguetes pertenecientes a esos niños de ojos vacuos y apagados? Burris se quedó en su habitación. A menudo pensaba en salir de noche y recorrer los pasadizos del edificio como si fuera su propio fantasma, avanzando por la oscuridad para provocar el terror en quienes le vieran.



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