Pero desde el día en que las alquiló a través de un intermediario no había abandonado estas cuatro paredes, esta zona de calma en la tempestad. Estaba tendido en la cama. Una pálida luz verdosa se filtraba a través de los muros. El espejo no podía quitarse pues formaba parte de la estructura del edificio, pero al menos podía ser neutralizado; Burris lo había desconectado, y ahora no era más que un óvalo de un apagado color marrón en la pared. De vez en cuando lo activaba y se enfrentaba consigo mismo, como disciplina. Pensó que quizá lo hiciese hoy.

Cuando me levante de la cama.

Si me levanto de la cama.

¿Por qué debería levantarme de la cama?

En el interior de su cráneo había algo clavado, sus vísceras estaban sujetas por pinzas, clavos invisibles atravesaban sus tobillos. Sus párpados le raspaban los ojos igual que papel de lija. El dolor era una constante, algo que incluso estaba empezando a convertirse en un viejo amigo.

¿Qué dijo el poeta? Esa cualidad de estar con típica del cuerpo…

Burris abrió los ojos. Ya no se abrían hacia arriba y hacia abajo, como los ojos de los seres humanos. Ahora las membranas que servían de párpados se apartaban del centro para ir hacia las comisuras. ¿Por qué? ¿Por qué habían hecho todo aquello los cirujanos alienígenas? Pero este detalle en particular no parecía servir a ningún propósito válido. Un párpado arriba y otro abajo ya funcionaban bien. Estos nuevos párpados no mejoraban el funcionamiento de los ojos; sólo servían para actuar como guardianes que se entrometían en cualquier tipo de comunicación provista de significado que pudiera haber entre Burris y la raza humana. A cada parpadeo proclamaba a gritos su extrañeza.

Los ojos se movieron. Un ojo humano se mueve en una serie de minúsculas sacudidas que la mente funde hasta llegar a la abstracción de la unidad. Los ojos de Burris se movían como se movería el ojo de una cámara en un barrido si las cámaras estuviesen perfectamente montadas: con suavidad, de forma continua, sin pestañear.



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